EL
COTTAGE DE LANDOR Edgar Allan Poe Durante
una excursión a pie, que realicé el pasado verano a través de uno o dos de los
condados ribereños de Nueva York, me encontré, al caer el día, un tanto desorientado
acerca del camino que debía seguir. La tierra se ondulaba de un modo considerable
y durante la última hora mi senda había dado vueltas y más vueltas de aquí para
allá, tan confusamente en su esfuerzo por mantenerse dentro de los valles, que
no tardé mucho en ignorar en qué dirección quedaba la bonita aldea de B..., donde
había decidido pernoctar. El sol casi no había brillado durante el día -en el
más estricto sentido de la palabra-, a pesar de lo cual había estado desagradablemente
caluroso. Una niebla humeante, parecida a la del verano indio, envolvía todas
las cosas y, desde luego, contribuía a mi incertidumbre. No es que me preocupara
mucho por eso. Si. no llegaba a la aldea antes de la puesta del sol o aun antes
de que oscureciese, sería más que posible que surgiera por allí una pequeña granja
holandesa o algo por el estilo, aunque, de hecho, los alrededores estaban escasamente
habitados, debido, quizá, a ser estos parajes más pintorescos que fértiles. De
todos modos, con mi mochila por almohada y mi perro de centinela, vivaquear al
aire libre era en realidad algo que debería divertirme. Seguí, por tanto, caminando
a mis anchas, haciéndose Ponto cargo de mi escopeta, hasta que, finalmente, en
el momento que yo había empezado a considerar si los pequeños senderos que se
abrían aquí y allí eran auténticos senderos, uno de ellos, que parecía el más
prometedor, me condujo a un verdadero camino de carros. No podía haber equivocación.
Las ligeras huellas de ruedas eran evidentes, y aunque los altos arbustos y la
maleza excesivamente crecida se entrecruzaban formando una maraña elevada, no
había obstrucción alguna por abajo, incluso para el paso de una galera de Virginia,
que es el vehículo con más aspiraciones de todos cuantos conozco de su clase.
Sin embargo, la carretera, excepto en lo de estar trazada a través del bosque
-si ésta no es una palabra demasiado importante para tan pequeña agrupación de
árboles- y excepto en los detalles de evidentes huellas de ruedas, no guardaba
la menor relación con todas las carreteras que yo había visto hasta entonces.
Las huellas de las que hablo no eran sino débilmente perceptibles, habiendo sido
impresas sobre la superficie firme, pero desagradablemente mojada, que era más
parecida al verde terciopelo de Génova que a ninguna otra cosa. Naturalmente,
era césped, pero un césped que raras veces vemos en Inglaterra -tan corto, tan
espeso, tan nivelado y tan vivo de color-. En aquella vía de ruedas no existía
ni un solo obstáculo, ¡ ni siquiera una piedra o una ramita seca! Las piedras
que una vez obstruyeron el camino habían sido cuidadosamente colocadas, no tiradas
a lo largo de las cunetas, sino puestas alrededor como para señalar sus límites,
con una clase de definición medio precisa, medio negligente y totalmente pintoresca.
Por todas partes crecían grupos de flores entre las piedras con una gran exuberancia.
Desde luego, yo no sabía qué sacar de todo aquello. Sin duda alguna era arte,
lo que no me sorprendía, pues todas las carreteras son obras de arte en el sentido
corriente de la palabra. No puedo decir que hubiera mucho para maravillarse en
el simple exceso de arte manifestado; todo parecía haber sido hecho, debería haber
sido hecho allí, con "recursos naturales", tal como se dice en los libros de jardinería
del paisaje, con muy poco trabajo y gasto. No eran la cantidad del arte, sino
su carácter, lo que me indujo a tomar asiento sobre una de las floridas piedras
y mirar de arriba abajo aquella avenida que parecía de hadas, durante media hora
o más, con maravillosa admiración. Cualquier cosa se iba haciendo más y más evidente
conforme la miraba: aquellos arreglos deberían haber sido dirigidos por un artista,
y uno de gusto muy exigente para las formas. Se intentó conservar un equilibrio
entre lo delicado y gracioso, por una parte, y lo pintoresco, en el verdadero
sentido del término italiano, por la otra. Había pocas líneas rectas y pocas líneas
continuas. El mismo efecto de curvatura o de color aparecía repetido en general
dos veces, pero no aparecía con más frecuencia, desde ningún punto de vista.
Por todas partes había variedad en la uniformidad. Era una pieza de composición
a la que el gusto del crítico más exigente apenas hubiera podido sugerir la más
pequeña enmienda. Cuando entré por aquella carretera había torcido a la derecha
y ahora, al levantarme, continué en la misma dirección. La senda era tan sinuosa
que en ningún momento, desde luego, podía andar más de dos o tres pasos en línea
recta. Su carácter no experimentaba ningún cambio material.
De forma repentina, el murmullo del agua se oyó suavemente y algunos momentos
después, cuando el camino torcía de forma algo más brusca que la de antes, divisé
un edificio de cierta categoría que se alzaba al pie del suave declive, precisamente
delante de mí. No podía ver nada claramente a causa de la niebla que ocupaba todo
el pequeño valle que se hallaba a mis pies. Sin embargo, ahora que el sol iba
a ponerse, se levantaba una suave brisa, y mientras permanecía de pie sobre la
cima de la ladera, la niebla se iba disipando gradualmente en espirales y de ese
modo flotaba sobre el paisaje. Cuando el escenario fue haciéndose más visible,
de forma gradual como lo describo, parte por parte, aquí un árbol, allí un resplandor
de agua y aquí de nuevo el final de una chimenea, no pude menos de imaginar que
todo no era sino una de esas ilusiones ingeniosas que algunas veces se exhiben
bajo el nombre de "cuadros desvanecientes". Sin embargo, durante ese tiempo la
niebla había desaparecido totalmente, el sol se había ocultado detrás de las suaves
colinas y desde allí, como con un ligero paso hacia el sur, se había vuelto a
hacer visible, brillando con reflejos purpúreos a través de una hondonada, por
la que se penetraba al valle del Oeste. De repente, y como por arte de magia,
todo el valle y todo lo que en él había se hizo visible. La primera ojeada, mientras
el sol se deslizaba en la posición descrita, me impresionó mucho más de lo que
me hubiera impresionado, siendo colegial, el final de una buena representación
de teatro o melodrama. Ni siquiera se echaba de menos la monstruosidad de color,
pues la luz del sol salía a través de la hondonada, coloreada por completo de
anaranjado y púrpura, mientras el vivo verde del césped del valle era reflejado
más o menos sobre los objetos, desde la cortina de vapor que aún colgaba por encima,
como si le costase trabajo abandonar escena de tan encantadora belleza. El pequeño
valle que yo curioseaba a mis pies desde aquel dosel de niebla, puede que no tuviera
más de cuatrocientos metros de longitud, mientras que su ancho variaba de cincuenta
a ciento cincuenta, o tal vez doscientos. Era más estrecho en su extremo norte,
abriéndose conforme se acercaba hacia el sur, aunque con regularidad no muy precisa.
La parte más ancha estaba a unas ochenta yardas del extremo sur. Las laderas que
cerraban el valle no podían llamarse propiamente colinas, al menos en su cara
norte. Aquí se elevaba un precipicio de granito escarpado con una altura de unos
noventa pies y, como ya he dicho, el valle en este punto no tenía más de cincuenta
pies de ancho. A medida que el visitante avanzaba hacia el sur desde el acantilado,
encontraba a derecha e izquierda declives de menos altura, menos escarpados y
menos rocosos. En una palabra, todo se inclinaba y se suavizaba hacia el sur,
y a pesar de ello el valle estaba rodeado por eminencias más o menos altas, excepto
en dos puntos. De uno ya he hablado. Se encontraba considerablemente al noroeste
y estaba allí donde el sol poniente se abría camino, como ya lo he descrito, en
el anfiteatro a través de una grieta natural lisamente trazada en el terraplén
de granito; esta grieta tendría diez yardas por su parte más ancha, hasta donde
el ojo era capaz de ver. Parecía llevar hacia arriba, como una calzada natural,
a los recónditos lugares de inexploradas montañas y bosques. La otra abertura
estaba situada directamente en el otro extremo sur del valle. Allí, por regla
general, las pendientes no eran sino suaves inclinaciones que se extendían de
este a oeste en unas cincuenta yardas, aproximadamente. En medio de esta extensión
había una depresión al nivel corriente del suelo del valle. En cuanto a la vegetación,
así como a todo lo demás, la escena se suavizaba y ondulaba hacia el sur. Hacia
el norte, y sobre el precipicio escarpado, se alzaban a algunos pasos del borde
magníficos troncos de numerosos nogales americanos, nogales negros y castaños,
entremezclados con algún otro roble. Las fuertes ramas laterales de los castaños,
especialmente, sobresalían en mucho sobre el borde del acantilado. Continuando
su marcha hacia el sur, el viajero veía al principio la misma clase de árboles,
pero cada vez menos elevados. Luego veía el olmo apacible, seguido por el sasafrás;
el algarrobo y el curbaril, y éstos a su vez por el tilo, el ciclamor, la catalpa
y el arce, y éstos de nuevo por otras variedades más graciosas y modestas. Toda
la cara del declive sur estaba cubierta sólo de arbustos salvajes, con excepción
de algún sauce plateado o álamo blanco. En el fondo del mismo valle (pues debe
recordarse que la vegetación mencionada hasta ahora sólo crecía en los precipicios
o laderas de los montes) podían verse tres árboles aislados. Uno era un olmo de
hermoso tamaño y exquisita forma que se alzaba como si guardase la entrada sur
del valle. Otro era un nogal americano, mucho mayor que el anterior y en su conjunto
mucho más hermoso, aunque ambos eran muy bellos. Éste parecía tener a su cargo
la entrada noroeste, brotando de un montón de rocas en la misma embocadura del
precipicio y proyectando su graciosa figura en un ángulo de casi cuarenta y cinco
grados, a lo lejos, sobre el iluminado anfiteatro. Casi a unas treinta yardas
al este de dicho árbol se levantaba el orgullo del valle, y por encima de toda
discusión, el árbol más magnífico que yo he visto jamás, salvo, tal vez, entre
los cipreses de Ilchiatuckanee. Era un tulípero de triple tronco, el Liriodendron.
Tulipiferurn, perteneciente a la familia de las magnolias. Los tres troncos estaban
separados del padre unos tres pies del suelo, aproximadamente, y se apartaban
muy suave y gradualmente, apenas distando entre ellos cuatro pies de donde el
tronco más ancho extendía su follaje; esto ocurría a una altura de unos ochenta
pies. La altura del tronco principal era de ciento veinticinco. Nada hay que supere
en belleza a la forma y el color verde brillante de las hojas del tulipero. En
el ejemplar al que me refiero tenían muy bien ocho pies de anchura, pero su gloria
estaba completamente eclipsada por el magnífico esplendor de su profusa floración.
¡Imaginad, congregados en un denso ramillete, un millón de tulipanes de los más
grandes y espléndidos! Sólo así puede el lector hacerse una idea del cuadro que
intento describir; y luego, la gracia firme de los lisos troncos, finamente pulidos
como columnas, el más ancho de los cuales medía cuatro pies de diámetro, a veinte
del suelo. Las innumerables florescencias, mczclándose con las de los otros árboles
de parecida belleza, aunque infinitamente de menor majestad, llenaban el valle
de aromas más agradables que los perfumes de Arabia.
El suelo del anfiteatro tenía un césped de la misma clase que el de la carretera
y aún más deliciosamente suave, espeso, aterciopelado y de un verde milagroso.
Era difícil de concebir cómo se había logrado toda esa belleza. He hablado de
las dos aberturas que tenía el valle. En una de ellas, la situada al noroeste,
fluía un riachuelo que, con un murmullo suave y espumoso, llegaba hasta estrellarse
contra el grupo de rocas sobre las que brotaba el nogal americano. Allí, después
de rodear el árbol, pasaba un, poco hacia el nordeste, dejando el tulípero a unos
veinte pies hacia el sur y no sufriendo otra alteración en su curso hasta que
se aproximaba al centro entre los límites orientales y occidentales del valle.
En este punto, después de una serie de revueltas, doblaba en ángulo recto y proseguía
generalmente en dirección sur, serpenteando en su cauce hasta llegar a perderse
en un pequeño lago de forma irregular (aunque ásperamente ovalado) que se extendía
resplandeciente cerca de la extremidad inferior del valle. Este pequeño lago tenía
tal vez cien yardas de diámetro en su parte más ancha. Ningún cristal podía ser
más claro que sus aguas. Su fondo, que podía verse con claridad, estaba formado
todo él de guijarros de un blanco brillante. Sus orillas, de césped esmeralda,
ya descritas, redondeadas más bien que cortadas, se hundían en el claro cielo
de debajo, y tan claro era éste y tan perfectamente reflejaba a veces los objetos
que estaban por encima, que era un punto difícil de determinar dónde acababa la
orilla verdadera y dónde comenzaba su reflejo. Las truchas y otras variedades
de peces, de las que aquella laguna parecía estar incomprensiblemente repleta,
tenían toda la apariencia de auténticos peces voladores. Resultaba casi imposible
de creer que no estaban suspendidos del aire. Una ligera canoa de corteza de abedul
que descansaba plácidamente sobre el agua, era reflejada hasta en sus más minuciosas
fibras con una fidelidad superior al espejo más pulido. Una pequeña isla, que
reía bellamente con flores en todo su apogeo y que ofrecía muy poco más espacio
que el justo para sostener alguna pequeña y pintoresca edificación, como una casita
de patos, se levantaba sobre la superficie del lago, no muy lejos de la orilla
norte, a la cual estaba unida por medio de un puente inconcebiblemente ligero
y rústico. Estaba formado por una tabla única, ancha y gruesa, de madera de tulípero
que medía cuarenta pies de larga y que salvaba el espacio comprendido entre orilla
y orilla con un ligero, como perceptible arco que prevenía toda oscilación. Del
extremo sur del lago salía una prolongación del arroyo que después de serpentear
tal vez treinta yardas, pasaba, finalmente, a través de la depresión (ya descrita)
en medio de la pendiente sur, y lanzándose por un abrupto precipicio de cien pies,
seguía su áspera y desconocida ruta hacia el Hudson.
El lago era profundo -en algunos puntos, treinta pies-, pero el arroyo raras veces
excedía de tres, mientras su anchura mayor era casi de ocho. El fondo y las orillas
eran semejantes a las del lago, y si se les debiera atribuir algún defecto, de
acuerdo con su pintoresquismo, sería el de su excesiva pulcritud. La extensión
del verde césped estaba suavizada aquí y allí por algún bonito arbusto, tal como
la hortensia, la corriente bola de nieve o la aromática lila; o más frecuentemente
por un macizo de geranios floreciendo magníficos en grandes variedades. Estos
últimos crecían en tiestos que estaban cuidadosamente enterrados en el suelo,
como para dar a las plantas la apariencia de ser naturales. Además de esto, el
terciopelo del césped estaba exquisitamente moteado por un rebaño considerable
que pastaba por el valle en compañía de tres gamos domesticados y un gran número
de patos de brillantes plumas. Un mastín enorme parecía estar vigilando a cada
uno de aquellos animales. A lo largo de las colinas
de la parte este y oeste, hacia la parte superior del anfiteatro, donde eran más
o menos escarpados los linderos, crecía una gran profusión de brillante hierba
-de modo que sólo de tarde en tarde se podía descubrir algún sitio de la roca
que hubiera quedado desnuda-. El precipicio norte estaba del mismo modo enteramente
cubierto de viñas de rara exuberancia; algunas brotaban en la base del acantilado
y otras sobre los bordes de sus paredes laterales. La ligera elevación que formaba
el límite más bajo de esta pequeña posesión estaba coronada por un muro de piedra
uniforme, de altura suficiente como para prevenir que escaparan los gamos. Por
ningún lado se veía algo que pudiera ser un vallado; es que en realidad no era
en modo alguno necesario, pues si, por ejemplo, llegaba a extraviarse alguna oveja
que hubiese intentado salir del valle por medio del precipicio, después de unas
cuantas yardas, habría encontrado interrumpido su caminar por el borde de la roca,
sobre el cual se precipitaba la cascada que había atraído mi atención cuando por
vez primera me acerqué a la finca. En resumen: las únicas entradas o salidas sólo
eran posibles a través de una verja que ocupaba un paso rocoso en la carretera
a algunas yardas por debajo del lugar donde yo me había detenido para contemplar
el paisaje. He descrito el arroyo que serpenteaba de modo muy irregular a lo largo
de su curso. Sus dos direcciones principales eran, como dije. primero de oeste
a este y luego de norte a sur. En la revuelta, la corriente, retrocediendo en
su marcha, describía una curva casi circular, de forma como de península o tal
vez como una isla, y que incluía en su interior una extensión de la sexta parte
de un acre. Sobre esta península se asentaba una casa, y cuando vi que esta casa,
como la terraza infernal vista por Vathek; était d'une architecture inconnue dans
les annales de la terre, quiero decir simplemente que todo su conjunto me impresionó
con el más agudo sentido de una combinación de novedad y de propiedad -de poesía,
en una palabra (en el término más abstracto y riguroso)-, y no es mi intención
indicar que el soutre fuera tomado en cuenta en algún momento. De hecho, nada
podría ser más sencillo, ni más completamente carente de ambición, que aquel cottage.
Su maravilloso efecto radicaba principalmente en la artística disposición, como
la de un cuadro. Mientras la miraba, podía haber imaginado que algún eminente
paisajista la había creado con su pincel. El sitio
desde el cual vi el valle por vez primera no era por completo, aunque no faltara
mucho para ello, el mejor punto desde el cual se pudiera contemplar la casa. Por
tanto, la describiré como la vi más tarde, colocándome sobre las piedras en el
extremo sur del anfiteatro. El edificio principal
tenía cerca de veinticuatro pies de largo y dieciséis de ancho. Su altura total,
desde el suelo a la cúspide del tejado, no debería exceder de dieciocho pies.
Al extremo oeste de esta estructura se le unía otra un tercio más pequeña en todas
sus proporciones; la línea de su fachada retrocedía cerca de dos yardas en relación
con la casa mayor, y la línea del tejado era también considerablemente más baja
que el tejado de su compañera. A la derecha de este edificio, y detrás del principal
-no exactamente en medio -, se extendía una tercera edificación, muy pequeña,
y en general un tercio inferior que la situada en el ala oeste. Los tejados de
las dos casas mayores eran muy empinados, descendiendo desde la cima con una larga
curva cóncava y extendiéndose, por último, cuatro pies más allá de las paredes
de la fachada, como para cubrir los tejados de dos galerías. Estos últimos no
necesitaban soportes, desde luego, pero como tenían el aspecto de necesitarlos,
unos ligeros y bien pulidos pilares se habían insertado sólo en las esquinas.
El tejado del ala norte era simple prolongación de una parte del tejado principal.
Entre el edificio principal y el ala oeste se alzaba una chimenea muy alta y esbelta
de consistentes ladrillos holandeses que se alternaban en rojo y en negro; una
ligera cornisa que sobresalía remataba el tejado. Los tejados se proyectaban mucho
sobre los caballetes, haciéndolo en el edificio principal como cuatro pies al
este y como dos al oeste. La puerta principal no estaba precisamente en el centro
de la edificación principal, sino un poco hacia el este, mientras las dos ventanas
quedaban al oeste. Éstas no bajaban al terreno, sino que, mucho más largas y estrechas
que las corrientes, tenían hojas únicas, como las puertas, y cristales con forma
de rombos, pero muy anchos. La puerta era de cristal en su medio panel superior,
también en forma de rombos, y con una hoja movible, que se aseguraba por la noche.
La puerta del ala oeste estaba en esta pared y era muy sencilla, con una única
ventana que miraba hacia el sur. El ala norte no tenía puerta exterior, y sólo
una ventana orientada hacia el este. El muro de sujeción del caballete oriental
estaba realzado por una escalera de balaustrada que la cruzaba en diagonal. Bajo
el tejado del amplio alero, esta escalera daba acceso a una puerta que conducía
a la buhardilla, o mejor, al desván, pues éste se iluminaba únicamente por la
luz de una ventana orientada al norte y parecía haber sido ideado como almacén.
Las galerías del edificio principal y del ala oeste no tenían el suelo que acostumbran
tener, pero ante las puertas y ventanas, anchas losas de granito de forma irregular,
quedaban encajadas en el delicioso césped, proporcionando en cualquier tiempo
un confortable pavimento. Excelentes senderos del mismo material, no ajustado,
sino dejando que el césped aterciopelado llenara los frecuentes espacios entre
las piedras, llevaban aquí y allá, desde la casa a un manantial cristalino que
manaba a muy pocos pasos, a la carretera o a uno de los dos pabellones que se
extendían al norte, más allá del arroyo y completamente tapados por algunos algarrobos
y catalpas. A menos de seis pasos de la entrada principal del cottage se levantaba
el tronco muerto de un fantástico peral, tan recubierto de pies a cabeza por espléndidas
flores de bignonia, que uno precisaba una gran atención para determinar qué clase
de cosa podía ser aquello. De diversas ramas de este árbol colgaban jaulas de
clases diferentes. En una de ellas, un sinsonte se removía con gran algazara en
un gran cilindro de mimbre con una anilla en su parte superior; en otra, una oropéndola,
y en una tercera, el descarado gorrión de los arrozales, mientras que tres o cuatro
más delicadas prisiones estaban ocupadas por canarios de potente canto. Los pilares
de las galerías estaban enguirnaldados con jazmines y madreselvas, mientras que
enfrente del ángulo formado por la estructura principal y su ala oeste brotaba
una parra de exuberancia sin igual. Desafiando toda limitación, había trepado
primero al tejado más bajo, luego al más elevado, y después, a lo largo del alero
de este último, seguía retorciéndose, proyectando zarcillos a derecha e izquierda,
hasta alcanzar, por último, el caballete del este y caer rastreando por las escaleras.
Toda la casa, con sus alas, fue construida con arreglo a la vieja moda holandesa
de ancho entablado y bordes sin redondear. La particularidad de este material
es dar a las casas construidas con él todo el aspecto de ser más anchas en la
base que en la parte superior -como en la arquitectura egipcia-, y en el caso
presente, aquel efecto, extraordinariamente pintoresco, se basaba en los numerosos
tiestos de magníficas flores que casi circundaban la base de los edificios. El
entablado estaba pintado de gris oscuro y un artista puede fácilmente imaginar
el magnífico efecto que este tono neutro producía, mezclado con el vivo verde
de las hojas de los tulíperos que parcialmente sombreaban el cottage.
Desde una posición cercana a la valla de piedra, tal como he descrito, se podían
ver con gran facilidad los edificios., pues el ángulo sudeste avanzaba hacia adelante
y la vista podía abarcar en seguida el conjunto de las dos fachadas, junto con
el pintoresco caballete del este y, al mismo tiempo, tenía una vista suficiente
del ala norte, con retazos del bonito tejado del invernadero y casi la mitad de
un puentecillo, puente que se arqueaba sobre el arroyo en las cercanías de los
edificios principales. No permanecí mucho tiempo en la cumbre de la colina, aunque
sí el suficiente como para hacer una concienzuda recopilación del escenario que
tenía a mis pies. Era evidente que me había apartado de la carretera de la aldea,
y así tenía una buena disculpa de viajero para abrir la verja que estaba ante
mí y preguntar el camino, lo cual hice sin la menor vacilación.
La carretera, después de cruzar la puerta, quedaba sobre un reborde natural que
descendía gradualmente por la cara de los acantilados del nordeste. Me llevó al
pie del precipicio norte, y de allí, luego de cruzar el puente y rodear el caballete
norte, a la puerta de la fachada. Mientras avanzaba pude darme cuenta de que no
se podían ver los pabellones. Cuando doblé la esquina del caballete, un mastín
saltó hacia mí silenciosamente, pero con la vista y todo el aire de un tigre.
Sin embargo, le alargué mi mano en señal de amistad -pues no he conocido perro
alguno que se mostrase reacio a una llamada a su cortesía- y no sólo cerró su
boca y meneó su cola, sino que me ofreció de verdad su pata, extendiendo después
sus muestras de civilidad a Ponto. No se veía ninguna
campanilla y golpeé con mi bastón la puerta, que estaba entornada. Instantáneamente,
la figura más bien delgada o ligera y de estatura superior a la media, de una
joven de unos veintiocho años, avanzó hacia el umbral. Cuando se acercaba, con
cierta humilde decisión, con su paso del todo indescriptible, me dije a mí mismo:
"Con seguridad he encontrado aquí la perfección de lo natural, en contraposición
a la gracia artificial". La segunda impresión que me causó, y la más viva de las
dos, fue la del entusiasmo. Una impresión de romanticismo o tal vez de espiritualidad,
tan intensa como aquella que brillaba en sus profundos ojos, jamás se había hundido
en el fondo de mi corazón de aquel modo. No sé cómo fue, pero esa peculiar expresión
de ojos, que a veces se refleja en los labios, es el atractivo más enérgico, sino
el único, que despierta mi mayor interés hacia una mujer. "Romanticismo', hará
comprender a mis lectores, lo que quiero decir con la palabra. Romanticismo y
feminidad son para mí términos sinónimos, y después de todo, lo que un hombre
ama en la mujer es simplemente su "feminidad". Los ojos de Annie (yo oí a alguien
que desde el interior le llamaba "Annie querida. . ..." eran de un "gris espiritual";
su cabello, castaño claro; esto fue todo lo que tuve tiempo de observar en ella.
Atendiendo su cortés invitación, entré, pasando primero
a un vestíbulo muy espacioso. Habiendo ido allí principalmente para observar,
me fijé que a la derecha, al entrar, había una ventana semejante a las de la fachada
de la casa; que a la izquierda, una puerta conducía a la habitación principal,
mientras enfrente de mí una puerta abierta me permitía ver un pequeño apartamiento,
precisamente del tamaño del vestíbulo, arreglado como estudio y con una ancha
ventana saliente que daba al norte. Pasando al saloncito me encontré con míster
Landor, pues éste, como supe después, era su nombre. Era un hombre educado y cordial
en su modo de reír; pero precisamente entonces estaba yo más interesado en observar
el decorado de la casa que tanto me había atraído, que no presté atención a sus
ocupantes. El ala norte, como vi entonces, tenía un dormitorio cuya puerta comunicaba
con el saloncito. Al oeste de esta puerta se veía una ventana que daba al arroyo.
En el extremo oeste del saloncito había una chimenea y una puerta que conducía
al ala oeste, probablemente a la cocina. Nada podía
ser más rigurosamente simple que el mobiliario del saloncito. En el suelo, una
alfombra de nudo de excelente tejido, con fondo blanco salpicado de pequeñas figuras
circulares verdes. En las ventanas había cortinas de muselina de inmaculada blancura,
de anchura aceptable y que colgaban formando pliegues rectos y paralelos hasta
el suelo. Las paredes estaban empapeladas con papel francés de eran delicadeza:
fondo plateado con listas de color verde pálido, corriendo en zigzag de un lado
a otro. Sobre él sólo había tres exquisitas litografías de Julien, a tres colores,
colgadas de la pared, sin marcos. Uno de los cuadros representaba una escena de
lujo oriental, llena de voluptuosidad; la otra era una escena de carnaval, de
una fuerza incomparable; la tercera, una cabeza de mujer griega, un rostro tan
divinamente hermoso y, sin embargo, con una expresión de inconstancia tan provocativa
como jamás mis ojos habían visto hasta entonces.
Los muebles más importantes consistían en una mesa redonda, unas cuantas sillas
(incluyendo una mecedora) y un sofá, o mejor, canapé de madera de arce lisa pintada
de un tono blanco -crema, ligeramente ribeteado de verde, con asiento de enea.
Las sillas y la mesa hacían juego. No cabía duda de que todo había sido designado
por el mismo cerebro que planeó los terrenos; de otro modo sería imposible concebir
algo tan delicado. Sobre la mesa había unos cuantos libros, una botella de cristal
ancha y cuadrada en algún perfume nuevo, una lámpara de cristal esmerilado (no
solar) con una pantalla de estilo italiano y un gran vaso repleto de espléndidas
flores. Estas, de magníficos colores y suave aroma , constituían en verdad la
única decoración del departamento. La repisa de la chimenea estaba enteramente
repleta de un florero de geranios. Sobre una estantería triangular en cada ángulo
de la habitación se veían vasos semejantes que sólo variaban en su bello contenido.
Uno o dos pequeños bouquets, adornaban el mantel y tardías violetas se apretaban
en las ventanas abiertas. El propósito de este trabajo
no ha sido sino el de dar con detalle una descripción de la residencia de míster
Landor, tal y como yo la encontré. |