Recuerdo
aquella mañana del Topo Gigio. Mi madre
terminó de tejer una gorra de tres colores. Desde
temprano, las bocinas de los autos, de las últimas cachilas y el amarillo de las
bañaderas se había metido en nuestro apartamento como una fiesta de cumpleaños.
La esquina de Ramos y Comercio brillaba. Las tonadas de los Nuevos Saltimbanquis
se colgaban del jardín perfumado de doña Joaquina. Octubre bailaba. -Apurate
-le dijo mi vieja a mi padre -mirá que recién vengo del almacén, y está yendo
un montón de gente para el Estadio. Mi
viejo se vistió parsimoniosamente. ¿A quién se le iba a ocurrir que faltara lugar
en el Centenario para ver una final de la divisional "B"? ¿Qué pasaba? ¿Estábamos
todos locos de remate? ¿Se hallaba el mundo cabeza abajo? Cuando
mi viejo se desentumeció, apenas logramos alcanzar el ómnibus. Un festival de
cornetas y banderas hacía estallar la mañana. Sobre el Parque de los Aliados,
el sol hacía piruetas y los árboles soltaban un escándalo de monedas de oro. A
mi vieja le vino un inoportuno dolor de ciática y tuvimos que llevarla al Hospital
de Clínicas. Arregló su cuerpo ligeramente, con una inyección, al paso, como quien
disimula un frunce del vestido unos minutos antes de la boda. A la vuelta, casi
no pudimos ingresar al hormiguero de la Ámsterdam. Había
cien banderines de Bella Vista sobre la América y cuando los papales salieron
campeones, habrán aparecido cien más. El resto era multitud huracanense, o simpatizante,
una ola que cubrió el Estadio hasta el último rincón y unas horas después no llegó
a formar una cresta tan alta, cuando se enfrentaron Peñarol y Nacional. Llorando
volvieron los jugadores a la sede, como lloran los hombres cuando los ensarta
el filo de la derrota. Ahora Roberto Baggio puede tirar un penal al cielo en una
final del mundo y probablemente, piense: "Tendré que cambiar de zapatos".
En aquel entonces los hinchas abrazaron a
los jugadores con más fuerza. Habían perdido y yo había ganado una lección. Tenía
diez asombrados años. Por primera vez, un par de ríos chicos habían inundado el
Estadio Centenario. Huracán Buceo se había convertido en el primer arroyo de nuestro
fútbol que se transformaba en océano. De la divisional intermedia a la B, y de
un áspero campeonato a aquella gloriosa final. Después
vino la "Operación Coraje" de Liverpool, otras caravanas y otros ríos. Pero la
corriente que formó Huracán no se pareció a ninguna.
Entonces aprendí que todos los huracanes empiezan por una brisa, ni eso, por el
aire que ocupa un punto en una gorra de tres colores. Lauro
Marauda. (Boletín Social nº 5, agosto de 1996). |