(continuación
de El Primer Naufragio montevideano) No se equivocaban
los que, por aquellos días de julio de 1752, comentaron que era un verdadero tesoro
de valor incalculable el que se había llevado al fondo del mar, en la costa uruguaya
del Rió de la Plata, el navío "Nuestra Senhora de la Luz". Se conserva el "estado
de los caudales y frutos cargados sobre el navío la Luz", y vemos que transportaba
899.500 pesos fuertes y 171.500 doblones, a los que se suman marcos de plata labrada,
onzas en tejos de oro, cajas de oro y plata. alhajas y abundante mercadería, en
especial lana, pieles, cueros, etcétera. También se supo que llevaba algunos valores
"sin registro", es decir contrabando, que ascendía a 200.000 pesos fuertes más,
y que iban escondidos en el pañol de pólvora, por cuenta del capitán de navío
y del padre capellán, según parece y según cuentan las crónicas de la época ...
La suma total de estas riquezas, alcanza a
una cifra que, traducida a los valores actuales, nos marea, como mareó sin duda
alguna a las gentes de la época. Podemos fijarla, quedándonos con toda seguridad
cortos (por el simple hecho de que hay algunas partidas sin contabilizar con precisión)
en 1.271.000 pesos en monedas de oro y plata; y eso sin contar los valores de
la mercadería transportada. Se habla únicamente de monedas en términos de "cajones"
y "cajas" sin especificar cantidad. ¿Cuánto podría significar esa suma en términos
de hoy? Hubo quien sacó el cálculo, manejando
diversas escalas y equivalencias entre monedas antiguas y actuales. No tendría
sentido reproducir esos arduos cálculos aquí. Los realizo con toda precisión el
autor de un exhaustivo y documentado libro sobre el naufragio del "Nuestra Senhora
de la Luz", don Pedro de las Sierras Pereira. Según sus estimaciones muy pormenorizadas,
aquella suma vendría a equivaler, traducida a dólares a 28.600.000. Si mis caros
lectores: veintiocho millones seiscientos mil dólares contantes y sonantes en
el equivalente pecuniario de hoy lo cual no es moco de pavo hoy ni lo era tampoco
en aquellos entonces. En momento de escribirse este libro (1977), esa cifra habría
que multiplicarla casi por cuatro mil, para saber a cuanto asciende en términos
de pesos uruguayos de hoy. No es de extrañar
entonces, que apenas producido el naufragio, muchos ojos y muchas fantasías creativas
convergieran hacia las bodegas del barco hundido no se sabia bien donde ... Como
es natural, los primeros preocupados fueron los responsables del navío, en especial
su "sobrecargo y maestre" don Pedro de Lea, velando por el interés y fortuna de
sus cargadores y aseguradores. A sus instancias, la autoridad dispuso que se iniciara
de inmediato la búsqueda del casco hundido y las tareas de buceo. Algunos pocos
valores fueron arrojados por el mar a las playas, y recuperados rápidamente. Pero
el grueso del tesoro yacía en el fondo de las aguas de nuestro Río de la Plata. El
éxito de las afanosas búsquedas no demoro en llegar. Nueve semanas después del
siniestro, a una milla mar adentro y balizando la zona, dos marinos a bordo del
barco "Jason" ubicaron el casco hundido. La noticia produjo enorme conmoción en
la joven Montevideo, y sin demora alguna se iniciaron las tareas de buceo. "Sin
demora" quiere decir al dia siguiente. Desde una playa - posteriormente famosa
con su nombre proveniente de esta búsqueda - no muy alejada de nuestra ciudad,
partieron siete buzos acompañados por la autoridad correspondiente, representada,
entre otros, por el propio Gobernador Viana. Se sabia que el casco se encontraba
a tres brazas bajo el agua, es decir 6 varas, es decir unos 5 metros. Pasan
tan solo dos días, y otra vez Montevideo se vuelve a estremecer. Los buzos habían
logrado ubicar el tesoro dentro de las bodegas hundidas. Comienzan entonces, de
modo sistemático, las tareas de rescate. A los buzos se les fijó, después de algunos
regateos, un honorario del tres por ciento de lo que encontrasen, suma realmente
abultada tanto para la época como para el dia de hoy. Los responsables de la nave
demostraban al ofrecer tan alto incitamiento estar ansiosos de que el tesoro fuera
rescatado lo más pronto posible, antes de que se corriera a otros países la voz
de la fortuna que allí se encontraba sepultada. Pero hubo que prever algún otro
gasto extra para retribuirlos, pues parece que aquellos buzos sufrían mucho del
tipo de sed que no se sacia con agua fresca ... (seria el agua salada?). Eran
muy aficionados al alcohol y lo requerían para trabajar: "beben aguardiente como
agua, y sin aguardiente no quieren trabajar" dice la crónica de la época. Había
que reservarles cuatro o seis pipas "de aguardiente de caña que llaman cachaza,
que ha de ser mas barato y adaptable al gusto de esta gente, como también una
pipa de vino tinto para cuando zambullen". Los
buzos partían siempre en pequeñas embarcaciones desde la misma playa, navegaban
las cuatro millas hasta donde estaba el casco hundido, y allí operaban. Pero aquellos
primeros días no siempre fueron favorables. Abundaron los de mal tiempo, y mas
de una vez las embarcaciones volvieron a su playa de origen sin haber podido iniciar
siquiera alguna búsqueda. No obstante, los trabajos avanzaron con éxito. Después
de un mes de sumergirse, los buzos habían recuperado más de medio millón de pesos.
Entre enero y febrero de 1753, lo extraído comenzó a disminuir, pero de todas
maneras se rescato en conjunto una cantidad superior al millón de pesos. Es decir
casi todo el tesoro perdido en el naufragio, lo que trajo gran alivio a los responsables
de la nave, que al menos cubrían lo sustancial de sus perdidas. Cubiertos
ya los riesgos de los cargadores de barcos, estos se desinteresaron de nuevas
búsquedas. Bajo el agua quedaba no obstante una parte del tesoro; mínima es cierto,
pero de cuantía mas que suficiente como para tentar a muchos. Y aquí se abre un
nuevo y ajetreado capitulo de estas búsquedas, las que estuvieron a cargo de particulares
y abarcaron varias décadas. Los primeros intentos fueron realizados por los buzos
que habían intervenido en las operaciones primeras, y que ahora solicitaron autorización
para buscar por cuenta propia. La autoridad accedió, pero a condición de que un
porcentaje de lo rescatado fuera a parar a las Arcas Reales. El reparto entre
los buzos y la Tesorería (diríamos) de Montevideo debía efectuarse sobre la base
de un equitativo "mitad y mitad", como se cumplió. La
figura protagónica de estas búsquedas fue el buzo José Galbán, el primero en iniciarlas
y el que mas persistió en ellas a lo largo de un largo periodo de años. Se lo
vera envejecer sin desistir nunca de sus intentos, casi siempre exitosos. Puede
decirse que desde 1752 vivió del tesoro y para el tesoro. Y hasta le trasmitió
su pasión a un hijo suyo que, crecido, lo acompañó en sus tentativas, y cuando
Galban padre se vio imposibilitado por los años, el hijo prosiguió solo los buceos.
Tal fue la dedicación de los Galban a la tarea de rescate, que se conserva el
testimonio de un pleito de la época, donde se le reprocha a Francisco Galbán,
el hijo, "que en toda la vida no se le ha conocido otro mueble que su red de pescar
y otros tristes cordeles con que, de cuando en cuando, ha bajado al buceo de los
expolios del navío de la Luz, naufragado en aquel paraje y en cuyo ejercicio ha
vivido también su padre". Pero no se crea que
fueron solo los Galbán que se dedicaron a la búsqueda. Algún tiempo después aparecieron
otros dos buzos, pidiendo permiso para explorar por su lado: Antonio Núñez y José
Pérez. La autoridad se lo permitió a condición de que no se estorbaran con Galbán.
Cada grupo debía delimitar su zona de buceo y no salirse de ella. Y así se hizo.
Esto ocurría ya trascurridos ocho años del naufragio. Y ambos grupos lograron
rescatar 3 mil pesos mas, cantidad mas que remunerativa para aquellos tiempos. Pasa
medio año mas, y el incansable Galbán aparece solicitando autorización para un
nuevo intento, que abarca los meses de verano de 1761 a 62 y que le permiten extraer
casi mil pesos mas. Como demostración de la inquebrantable tenacidad de Galbán,
se lo ve 19 años después del naufragio, cuando anda ya rozando los 66 años de
edad, realizando un buceo veraniego que le reporta 440 pesos en toda la temporada.
Y al año siguiente, en búsqueda con su hijo, extrae 33 pesos mas. En 1773 surge
otro aspirante: un buzo de apellido Hinori, también participante de los primeros
buceos, pero que había permanecido al margen por causa de una enfermedad. Realiza
diversas tentativas pero solo rescata unos pocos pesos y tiene que desistir. Y
todavía 10 años mas tarde, 32 años después del naufragio, otros buzos intentan
una exploración, pero sin éxito alguno. Desde
ese momento, y visto que ya es poco o nada lo que se encuentra, la autoridad se
desentiende del asunto y no se conserva por tanto ninguna documentación más. Se
entra en el periodo de las búsquedas oficiosas, de las que no se guardan noticias
pero que se sabe que fueron muchas y repetidas. Todavía en el siglo pasado el
tesoro del "Nuestra Senhora de la Luz" seguía fascinando e ilusionando a muchas
imaginaciones y llego a constituirse una compañía con la finalidad expresa de
bucear en la región, donde posteriormente habían ocurrido otros naufragios, también
tentadores, entre 1771 y 1784. La entidad se llamo "Sociedad Puerto del Buceo"
y estuvo instalada en el lugar donde hoy se encuentra la hermosa Aduana de Oribe.
Se realizaron diversos intentos con pequeñas embarcaciones, pero todos resultaron
infructuosos. Esta historia de naufragios y
buceos produjo también alguna leyenda, acogida por pescadores y navegantes del
lugar. Se cuenta que hace cosa de un siglo, apareció en aquella playa un negro
desconocido dispuesto a realizar buceos. Se sumergía con una bolsa de cuero atada
alrededor del cuello. Mas de una vez volvió a la superficie con una moneda de
oro guardada en el saco, hasta que un dia encontrose al moreno misterioso en la
costa, asesinado de una puñalada. Aquella playa,
con el tiempo, fue bautizada popularmente. Por ser el punto obligado de partida
de todas las embarcaciones que salieron a explorar en las profundidades del primer
navío naufragado, se la llamo bellamente "Buceo de la Luz". Con el tiempo ese
hermoso nombre se abrevió hasta quedar reducido al que hoy conocemos. Nadie puede
negar que es una playa realmente repleta de historia ... "Boulevard
Sarandi" de Milton Schinca. |