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 confesiones otoñales  

 No pretendo ser Historia ni rama dorada.
       Jamás Historia porque guarda, con ademanes de fría y regia señora, las ojeras de Treblinka, los cacharros vacíos de las inmigraciones colectivas y los autos de fé destripadores de óleos y pilas bautismales, feroces ojos petrificados sobre la lenta carne de los esperpentos. Tampoco puedo convalidar un horizonte de llagas famélicas y madres oprimidas, cuando llega la noche en tabletas o cáscaras putrefactas, destapada como leche en polvo agria o con los huesos a la intemperie, palúdica de orbitas hambrientas.
        No cómplice de huestes, legiones ni arremetidas de ostrogodos economicistas quiero ser.
        Enchastrado voy de historia de malvones y patios atravesados de sábanas, enjundioso de parrales, orgulloso por un perro ladrador y poco guardián que debí enterrar en un baldío, Huracán Buceo y una cancha donde se levantaba menos polvo que recuerdos.
        También pertenezco a la historia de los enjambres de margaritas en el terreno sin alambres, del tablado frente a casa y un laberinto de bidones, la primer moña de niña que desaté, el descuido de ella, mi furtivo beso y su correspondiente golpe con la regla de madera.
       Enarbolo la historia de los indescriptibles y el gallinero de Doña Joaquina, mis travesías por los techos de las casas como un Ícaro todavía sin vértigo, las uvas robadas y las aceleraciones del loco de la motocicleta, un orate que tocaba bocina y miraba a ambos lados de la bocacalle antes de cruzar con su Harley Davidson imaginaria.
       La carne se me eriza ante la vecina rubia y veterana, de nalgas firmes y redondas, que meneaba las caderas a propósito para sostener mi idolatría, o el almacén donde los cajones le ponían frutas olorosas a mi imaginación, o las acrobacias sobre los tablones de la carpintería con Coquito, Miguel y un racimo de botijas y charlas bajo nuestro sauce llorón, que todavía no gemía.
       Sin dificultades establezco historias de maestras y árboles japoneses, el Exodo del Pueblo Oriental dibujado con piedritas y la payana, infaliblemente detenida ante el puente.
       Admito la historia de las corridas tras la pelota y el jade, mis descansos junto al cordón de la vereda cuando el asma le ponía un bandoneón a mis bronquios y la vida empezaba a dibujarse del otro lado.
       Creo en la historia que me vio zambullir en las aguas del Buceo, el ascenso al promontorio con los pantalones cortos y la encrucijada metafísica de percibir a los bañistas jugando al voleibol en la playa mientras a la derecha, las últimas tumbas del Cementerio aguardaban con sus fúnebres ramos, lápidas vitales que Darío no conoció.
       Historia fueron los dibujos del melenudo "Bene" Otero desteñidos por el océano y la distancia. Historia de antes, de niño, de viento que desordena las miniaturas.
       Esta es la única rama dorada que puedo ofrecerte, por eso la lustro infatigablemente. Vamos a inventar otras ramas y otros lazos, vida, porque lo que acaricia tu pelo, entreabrirá tus labios por la mañana.

Lauro Marauda.
(Del libro "Las hermanas ciegas", ediciones La Gotera, Montevideo, 2001).


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