(...)
Vivíamos en el Buceo, que en la
época de mi niñez era todavía un barrio de lavanderas. Un pintoresco barrio de
lavanderas, especialmente luminoso y cálido, como si el sol se hubiera adaptado
a la actividad de sus moradores. Nuestra
casa estaba cerca de la playa y del cementerio. Todo era hermoso: la ensenada,
con sus botes como cáscaras de nuez meciéndose sobre el agua preñada de reflejos;
la playa, que se iniciaba en verdes, pronunciadas barrancas y se concretaba en
una fiesta de herbazales y arenas reverberantes, y sobre todo el mar, generoso
de espumas, de frescor, de horizontes. Hasta
el cementerio poseía sus encantos; estabamos acostumbrados a él de tal manera,
que no nos evocaba para nada la idea de la muerte; era, más bien, un gran jardín
melancólico en el que a veces hasta se podía ir a pasear y a tomar el sol. (...)
(Fragmento de "Trajano", novela de Sylvia
Lago, editorial Alfa, Montevideo, 1967.) (...)
- ¿Quinteros? ¿Todavía ahí? Si, encontré a Frieda y no sabe cómo darle las gracias.
Entonces, como decíamos, en el Yate del Buceo, en media hora.
- En el Buceo -se rió Quinteros; no estaba borracho, nunca lo estuvo-. (...) (Fragmento
de "Dejemos hablar al viento", novela de Juan Carlos Onetti, Editorial Seix Barral,
Barcelona, España, 1984.)  |
(...)
Al llegar a la Playa del Buceo, había algunas casillas más y algunas casas de
veraneo (o ranchos como se les llamaba a estas en ese entonces) muy modestas,
ya aquí por la calle Comercio tenían el tranvía muy próximo. Al costado del Cementerio
del Buceo, y donde hoy esta Bulevar Propios, había verdaderas montañas de los
desperdicios de la ciudad, pues en esa época no existían los hornos incineradores.
Estas gigantescas montañas de basura constituyen hoy el fundamento de la hermosa
"bajadita" a la rambla ahí donde nace Bulevar Propios. Este paisaje no era agradable,
pues según fuera la dirección del viento venia el mal olor de los residuos, donde
merodeaban una banda de "beachcombers" en busca de algún objeto de valor que pudieran
negociar. Llegando al Puerto del Buceo, ya se encontraba una vida distinta,
había una calle de arena por donde hoy pasa la rambla que estaba bordeada de ranchos
y casillas de pescadores. Infinidad de botes eran calafateados por sus patrones
y en esa misma calle sobre grandes badejones de eucaliptus tendían las redes para
secar y las zurcían para nuevas pescas. Aquí se veía ya gran animación y era frecuente
antes de llegar oír los coros de estos hombres de mar, que realizaban sus tareas
acompañadas de canciones. En esta calle abundaban los árboles, especialmente los
tamarices y tenían un encanto que solamente los que conocimos todo aquello podemos
recordar. Hace poco conversando con el pintor Rufalo, sobre esta calle, el que
es un gran admirador de nuestra naturaleza y la ha interpretado con tanta maestría
en sus telas, me decía: "Esa calle fue un semillero de cuadros para mi". Al
llegar al final de esa calle en la curva que hace la rambla. próximo al Yacht
Club, nos aproximábamos al barrio de las lavanderas, y poco después entrábamos
en la pintoresca y hermosa Playa de los Pocitos, que en aquellos entonces tenia
una gran cantidad de chalets con sus bien cuidados jardines que han ido desapareciendo
en pocos años para bordear hoy la rambla una serie de casas de apartamientos,
que le han robado a ésta el tibio sol invernal. (...) (Fragmento
de "Evocaciones Montevideanas", ensayo de Roberto J.G. Ellis, Montevideo, 1969.) |