En
la tarde del 2 de julio de 1752 se desencadenó una furiosa tempestad sobre
nuestro querido Montevideo. A 26 años de fundado, el poblado no era más
que un incipiente caserío, habitado por algunos centenares de vecinos que
no llegaban a mil. A medida que entraba la noche, el viento golpeaba con mas furia
sobre la península inerme, y la lluvia y la borrasca arreciaban. Los montevideanos
atemorizados no recordaban haber presenciado un enfurecimiento del mar como aquel.
En previsión de una noche implacable, como pintaba, todos se apresuraron
a guarecer como mejor pudieran sus animales, y a amarrar con fuerza sus carros
y enseres de trabajo. Aseguraron puertas y ventanas, y a oscuras, quedaron escuchando
el bramido del oleaje, que resonaba casi encima de ellos como el "fortísimo"
de un bronco órgano de fuelle. En las cercanías
del puerto, otras eran las preocupaciones y los comentarios de los que allí
andaban, marineros y gentes de armas.Todos volvían sus miradas ansiosas
hacia un punto preciso del mar. Ya había caído la noche y era imposible
divisar el espacio que se abría frente a Montevideo, como no fuera bajo
el fulgor intermitente y siniestro de los relámpagos. En esos fogonazos
aislados podía vislumbrarse apenas, a buena distancia de la costa, la silueta
zarandeada de una embarcación que inexplicablemente se encontraba anclada
a tres millas hacia adentro. (A la altura del actual Campo de Golf, aproximadamente.) Aquel
puñado de observadores, empapados bajo el diluvio, comentaba desde tierra,
con excitación, esa presencia imprudente. Que iría a ser de aquella
nave, expuesta sin defensas al huracán? Todos sabían que barco era
aquel y porque estaba allí atrapado. Acababa de permanecer tres meses a
muros de nuestro puerto, proveniente de Buenos Aires, aguardando el momento de
partir con rumbo a Cádiz, en viaje de "tornavuelta", a donde
debía transportar pasajeros y una carga preciosa. Y vaya a saberse por
que fatal inspiración, fue justamente esa tarde del 2 de julio, con la
tormenta anunciándose ya en lontananza, que se decidió zarpar por
fin con rumbo a ultramar. El barco, de 217 toneladas, era de bandera portuguesa,
pero realizaba este viaje por cuenta de la Corona española; y llevaba un
hermoso nombre inscripto en su casco: "Nuestra Senhora de la Luz". Ahora,
bajo los estallidos del relampagueo, se lo veía aparecer zamarreándose
y bambolear sus mástiles con el velamen a medio abatir. Pronto
se supo que en aquel viaje marcharían a España ciento cuarenta y
cinco personas, entre ellos 18 (o 20) pasajeros, con 12 criados entre blancos
y negros. Y también se decía que en las bodegas se guardaban arcones
enteros cargados de monedas de oro y plata, e incontables piezas de subido valor.
Los mas fantasiosos se atrevían a hablar de un tesoro que, en conjunto,
sobrepasaba el millón de pesos fuertes de aquel tiempo; cantidad que una
mente de entonces no alcanzaba a redondear entera, dada su magnitud astronómica
para las escalas de los valores usuales. Tales "fantasías" serian
confirmadas muy poco después por los documentos. Mientras
observaban al barco zarandeado por la tormenta, aquellos espectadores lamentaban
una vez mas la razón de la extraña maniobra que realizó esa
tarde el "Nuestra Senhora de la Luz" y que lo llevo a salir del abrigo
del puerto, y anclar a su entrada. Fue un motivo menor, que habrá que deplorar
siempre. Las autoridades de la nave entendieron preferible salir de puerto para
cargar mas afuera, en lanchones mas diminutos, a los animales que debían
acompañar la travesía para servir de alimento al pasaje. Es que
resultaba engorroso hacerlos subir, encontrándose el barco atracado en
el puerto ... Aprovechando para embarcarse mas tarde en esos mismos lanchones,
cinco pasajeros y diecisiete tripulantes habían quedado en tierra. Pero
después, cuando pretendieron llegar hasta la nave, el viento impidió
la maniobra del lanchón que los transportaba. Así quedaron en total
133 viajeros a bordo: los que ahora soportaban los terrores de la tempestad sin
la mas mínima posibilidad de retornar a puerto. El
Comandante de Infantería de Montevideo, capitán José Zumelzu,
arraigado en Montevideo desde hacia quince años, comento esa noche que
"nunca jamás, en todo ese tiempo, había visto embravecerse
así las aguas montevideanas". Justo esa vez, con una nave inerme puerto
afuera ... A altas horas de la noche, la tormenta eléctrica amainó.
Un telón de espesa niebla cayó sobre el mar, así que los
de tierra dejaron de avistar el barco en peligro. Ahora sólo quedaba esperar
hasta que aclarara, para estudiar la posibilidad de enviarle algún socorro. Una
noche interminable aquella del 2 de Julio, que en tierra se vivió con angustia
y congoja indecibles. No eran muchas las esperanzas que podían alentarse
para un barco en esa situación. Los marinos veteranos movían sombriamente
la cabeza. "Solo un milagro ..." A pesar de que los más de los
vecinos estaban guarecidos en sus casas, la voz se corrió por el poblado,
llevada quien sabe como. Muchas familias rezaron por la suerte de los viajeros.
Se lloró al pariente embarcado, al amigo que partía rumbo a Cádiz.
Para todos se había vuelto una figura familiar aquel navío atracado
durante tres meses en el paisaje portuario, por el cual era raro que el vecindario
no paseara cada dia. Su suerte se sentía, por eso, como propia. A
las primeras luces, la ansiedad contenida por tantas horas pudo mas que la lluvia
que no cedía y que el viento porfiado. Todo el vecindario se arriesgó
a asomarse y a otear hacia el agua grisacea del amanecer. Se encontraron con un
paisaje desgarrador y aterrante: el horizonte estaba desierto. Ni sombra ni rastros
del hermoso velero. Una congoja indescriptible se apoderó de todos. Se
miraban como si no creyeran aquello. Asomaron lágrimas, se oyeron juramentos
y lamentaciones. Los hombres de mar se pusieron a especular sobre el destino posible
del "Nuestra Senhora de la Luz". Difícil imaginar que se hubiera
hundido allí mismo, donde estaba anclado. Cien razones manejaban los veteranos
para desechar esa primera hipótesis, la más obvia. Entraron a jugar
cálculos sobre la dirección del viento (sudoeste), la intensidad
con que habría soplado esa noche (90 a 100 k/h), el rumbo de las corrientes
marinas en la zona. Y entonces los entendidos se inclinaron por la idea de que
el barco hubiera sido arrancado de su posición , y arrastrado hacia el
Este de Montevideo. Talvez había sido arrojado sobre la costa, y acaso
en alguna playa no lejana los desgraciados sobrevivientes aguardaban la llegada
de socorros desde la ciudad ... Entonces interviene el encargado
de la nave siniestrada el sobrecargo y maestre don Pedro de Lea; uno de los que
se quedo en tierra con idea de embarcarse en la segunda tanda, mar afuera. De
Lea se presenta con urgencia ante el joven Gobernador de la Plaza, don José
Joaquín de Viana y le ruega que se envíen expedicionarios a recorrer
las costas hacia el Este en busca de rastros del navío perdido y sus pasajeros.
Viana, profundamente conmovido al igual que todo el vecindario, dispone la partida
inmediata de un cabo y un soldado de infantería para que exploraran nuestra
costa, con orden de que lleguen hasta Maldonado mismo si es necesario. Parten
los dos designados, Pedro Estevan y Francisco Campos, y la población montevideana
se sume en una espera acongojada y prolongada. Reina consternación en la
ciudad. Se celebran oficios y rogativas en nuestra única, pequeña
iglesia. Recién cuatro días después
de enviados, el 7 de julio, regresan los dos expedicionarios. Declaran haber revisado
la costa hasta la barra de Maldonado "sin haber adquirido ninguna noticia
de dicho navío". Después se sabrá que su inspección
no fue lo rigurosa que se había esperado. Tanto no lo fue, que esa misma
tarde del 7 de julio, a eso de las cinco y cuarto, se vio llegar apresuradamente
al poblado al vecino de extramuros don José Méndez, quien pidió
para entrevistar con urgencia al Gobernador Viana. Méndez poseía
una pequeña estancia sobre la costa del Río de la Plata, a varias
leguas de Montevideo (se supone que entre el arroyo Carrasco y el arroyo Pando).
Cuando comparece ante el Gobernador, le relata que se encontraba recogiendo ganado
esa mañana, cuando debió llegarse hasta la costa, y allí
encontró esparcidos sobre la arena, restos de madera y algunos cofres que
bien podían pertenecer al navío desparecido. Enterado de la novedad,
el propio Gobernador decidió trasladarse sin demora al lugar. Se hizo acompañar
de su Secretario, Juan Gil, varios oficiales y 25 dragones. Por
desgracia, los temores se confirmaron muy pronto. Llegado el gobernador con su
gente, a 4 leguas de Montevideo, examinaron los restos diseminados en la playa
y no hubo posibilidad de dudas: era "un pedazo del costado del navío"
que pertenecía al "Nuestra Senhora de la Luz". Así en
aquel 1752, a 25 años de fundada, San Felipe y Santiago conocía
por primera vez todo el horror de una catástrofe marítima. En cambio
no aparecían rastros de sobrevivientes. Esto abría un margen a la
esperanza. Podía ocurrir que la tempestad los hubiera arrojado a algún
punto más alejado de la costa. El propio Viana decidió ampliar su
búsqueda y dejando una guardia en el lugar prosiguió la exploración
por la zona próxima al hallazgo. Le basto con alejarse dos leguas mas allá
del arroyo Pando: dispersos sobre la arena desierta, nueve cuerpos se encontraban
exánimes. No lejos de ellos, destrozada por las aguas, pero reconocible
su estructura, la arboladura completa del barco naufragado. Esparcidos aquí
y allá, distintos cofres, y un poco más alejado, un bote que pertenecía
al equipaje de la tripulación. Frente a estos trágicos
hallazgos, el Gobernador Viana dispuso el inmediato regreso a Montevideo de la
partida exploradora. Se decidió sepultar allí mismo a los cadáveres,
no bien fueran identificados. El vecindario de Montevideo recibió con la
congoja comprensible las dolorosas noticias. Pronto se organizaron partidas de
buscadores que salieron afanosos a buscar las playas a la espera de nuevos hallazgos.
La autoridad no se desentendió de estas búsquedas: aparte de los
operativos de salvamento que podían necesitarse, había cuantiosos
intereses en juego. El encargado del barco, Pedro de Lea, pidió que se
pusieran en custodia los bienes que aparecieran, en salvaguardia de los intereses
de cargadores y aseguradores. El mar podía ir devolviendo parte del cuantioso
cargamento que encerraba el navío en sus bodegas, y había que precaverse
para el caso de actos de pillaje, difícilmente evitables. Una
de las medidas que adopto Viana fue enviar una embarcación de salvamento
a la Isla de Flores, al mando del patrón Juan Conde. Según los marinos
más experimentados, no podía desecharse la posibilidad de que los
náufragos, embarcados en una de las lanchas que llevaba a bordo el "Nuestra
Senhora de la Luz", hubieran podido rumbearla hasta la isla, que no se encontraba
lejos del lugar donde presumiblemente ocurrió el siniestro. Pero el 11
de julio, dos días mas tarde, regreso la embarcación "después
de haber registrado las dos Islas de Flores, las piedras que están a sotavento
de la Punta de las Carretas, llamadas "Las Pipas", y demás peñas
y restingas continuas a dicha Punta de las Carretas, y no descubrió ni
vio fragmento alguno de navíos ni cosa que se le parezca ni alguna otra
cosa particular de que dar noticia". Dos días
mas tarde, el 13, comienzan a arribar a Montevideo, en un silencioso y sobrecogedor
cortejo, numerosos carros y bártulos hallados por los exploradores a lo
largo de las playas en varias leguas hacia el Este. La escena es patética.
Hay familiares de náufragos, hay allegados a ellos, que revisan e identifican
los efectos con la congoja que es de imaginar. Pero el misterio sigue impenetrable
en cuanto al destino que puedan haber sufrido los 124 náufragos de los
que nada se sabe todavía. A esta altura, no son demasiado
razonables las esperanzas que puedan alentarse. Deben transcurrir, sin embargo,
catorce días mas de búsqueda y ansiedad, para que el 27 de julio,
alrededor de las 6 de la mañana, una partida exploradora encuentre en las
playas del arroyo Solís Chico a 31 cuerpos arrojados por la corriente,
que a no dudarlo pertenecen a pasajeros del navío naufragado. Y tres días
mas tarde, no lejos, aparecerán 13 cadáveres más. De este
modo suman 53 los cuerpos arrojados por el mar. Se ignora y se ignorará
siempre, que fue de los 78 restantes, de los que nunca mas aparecieron rastros. Con
el correr de los días, ante la evidencia de lo infructuoso de nuevas búsquedas,
se abandonará el rastreo de nuestras costas. El vecindario de Montevideo,
mal repuesto de su conmoción, irá devolviéndole al caserío
su ritmo acostumbrado. Pero no se borrará el sentimiento luctuoso y acongojado
de aquella tragedia marítima con que Montevideo había recibido,
apenas a 26 años de fundada, su bautismo de horror. Se abría otro
capitulo: el de la búsqueda del cuantioso tesoro naufragado. Pero esta
es historia aparte. "Boulevard Sarandi"
de Milton Schinca.
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