Los
jugadores ingresan a la cancha. La murga los Nuevos Saltimbanquis canta en la
tribuna y el primer pelotazo de cuero natural sale rozando un palo de madera del
arco de Canillitas. Cuando falla el intento del puntero Guillén para que su remate
alcance los piolines de cuerda cruda, los gritos abruman: -¡Huracán! ¡Huracán!-.
El corazón de un barrio late por el Buceo. La niebla de la historia se descorre
y disipa. Algo despierta como un
párpado pesado y aclara. En un Día de las playas de 1967 se jugó la final entre
Huracán Buceo y Canillitas por ascender a la B, o nació la metáfora de un pueblo
en ascenso. En aquel entonces, a los
nueve años, más que ir a los partidos, me llevaban. Un obrero de la fábrica de
vidrios, Don Leal, le pedía permiso a mi padre para trasladarnos junto a su hijo
Juan José (además, compañero mío de clase en la Escuela Japón) al Pantanoso, a
la cancha de Mar de Fondo, o a cada tugurio deportivo a los que se debía ingresar
con armadura, yelmo y el coraje de un cruzado medieval. Los flojos de ánimo debían
abstenerse. Claro que los peligros no
se los contaba a mis padres porque si no, me cortaban la diversión de los fines
de semana. En pastos de mala muerte,
casi todo polvo y líneas invisibles, fue madurando mi amor huracanense. Pródigo,
serio, viril, el cuadro exhibía las picardías del "Bombacha" Pugliese y la entrega
del "Calavera" Morán (obrero dentro de la cancha y también en las Cristalerías
del Uruguay), la zurda habilidosa del "Chaira" Díaz Méndez y la calidad imperiosa
de Aparicio; los pases de baile de Techera, las atajadas de Rovella y la patada
de mula del "Pelado" Gómez (una vez rompió un travesaño de la cancha de Misterio,
un mítico equipo que lindaba y rimaba con el Cementerio, hoy club de bochas).
Huracán había fecundado el Campeonato
de Intermedia, la divisional donde nació la gran campaña que culminaría con el
tercer puesto en Primera División. Épocas menos profesionales que en la actualidad.
En un club podía jugar un half con dificultades en las piernas (el "Rengo" Walter
Fernández, sin ir a otras tiendas) o la hombría podía llorar ante una derrota,
llorar y llorar sobre las transpiradas camisetas sin consuelo, agua sobre agua.
La batalla del 8 de diciembre en el Parque
Central constituía el asalto definitivo, el término de la guerra o el preámbulo
a la gloria. A la media hora del encuentro,
el "Flaco" Oscar Guillén recibe un pase cruzado de Pugliese, remata sesgado, rebota
en una pierna rojinegra y descoloca a quien después supe se apellidaba Estívez,
consiguiendo el primer gol de Huracán. Vibran las matracas, el redoblante, los
muros de ladrillo y las gradas de cemento del Parque nacionalófilo. A los pocos
minutos, la expulsión de Aparicio complica las cosas.
Sin embargo, seis minutos después, algo se tensa en el ambiente cuando el "Pelado"
Gómez se prepara a ejecutar un tiro libre al borde del área grande de Canillitas.
La Tribuna Sur, ocupada unánimemente por
el Buceo, contiene el aliento. Todos los players quedan inmóviles, menos uno.
La pelota sale como disparada por un fusil,
alta, lejos de la gorra de Estívez, roza el travesaño y prolonga el orgasmo. Cuando
cae mansamente al fondo de las piolas, los puños se crispan, las gargantas aúllan
de alegría y los abrazos ante el segundo gol son la revancha por las frustraciones
del año, un premio al entrenado agotamiento, la apoteosis o el anuncio del cielo
de la próxima divisional. Dante lo sabía: siempre hay un "circolo piú alto".
En el segundo tiempo, Nalerio y Casas se
hacen chichones ante los centros rojinegros. Quedan en el recuerdo un penal estrellado
contra un poste de Huracán y el impotente asedio del adversario. Canillitas, un
simpático bicolor, tributario de los vendedores de diarios inmortalizados por
el dramaturgo Florencio Sánchez, desaparecería poco después de nuestro fútbol.
El último pitazo provoca el hormigueo final; las banderas invaden el césped y
los jugadores son llevados en andas.
Así lo consignó el periodista Juan Alfonso, del matutino BP Color, apostado en
el vestuario del campeón: "Varios minutos antes que llegaran los jugadores,
se oían los gritos y vítores. Luego fue un aluvión que nos envolvió. Abrazos y
gemidos. Llantos y risas. José María Codesal, Carlos Zeni, Antonio Cherulo, figuras
de prestigio que llegaron a saludar a los triunfadores." No se menciona a
otros presentes aquella tarde: Ramón Barreto, Julio César "Poroto" Britos y por
supuesto, a Carlitos Ortiz, diseñador técnico y táctico de la victoria.
Luego, el bullicio y la bañadera avanzaron gloriosamente hacia el Buceo. La interminable
caravana de motos y autos, los árboles pintados de tres colores a lo largo de
la calle Comercio y las manitos de los botijas, las amas de casa y los ancianos
saludaron a los triunfadores y anticiparon nuevos regresos felices.
Así se refirió Alfonso, con su sabroso estilo, al festejo en la cantina de Panno,
en la sede vieja de Huracán de la calle Ramos entre Resistencia y Lallemand, a
media cuadra de mi casa natal: "La fiesta iba a seguir en la sede de la calle
Ramos. Seguramente la madrugada los ha sorprendido en el "penúltimo" brindis.
Tienen derecho porque se jugaron y buscaron ese título, que este año se hizo difícil
y angustioso. Felicitaciones." Continuó
el festejo hasta elevadas horas de la madrugada; conjeturaba bien el cronista.
A mí, sin embargo, hacía horas que me habían arrastrado de una oreja hacia casa. ------
Veinte años después,
un auto recorría los caminos vecinales de Tacuarembó. El conductor, el popular
"Tito" Sclavo, sacaba apasionadamente montañas de conejos de su inagotable galera
futbolística. Repasaba jugadores y campañas de Racing, la única Academia que reverenciaba
sin escrúpulos. En los intervalos a la catarata evocativa albiverde, mientras
le cebaba mate, yo pasaba algún aviso sobre Huracán y mis recuerdos más queridos.
En determinado momento, comento al pasar: "-De acá, de Tacuarembó, era un jugador
de Huracán de la época de oro, un puntero izquierdo guapo y encarador que no olvidaré
jamás..." Levanté la vista de la bombilla, observé a través del parabrisas y concluí,
colocando el índice hacia adelante: "-Aquel."-
No lo podíamos creer, ni yo ni el "Tito".
Miles de hectáreas del departamento más grande la República, cientos de caminos
por los que podíamos haber tomado, millones de protagonistas sobre cualquier tema
que podía haber nombrado y justo que hablo de Clovis Díaz Méndez, el "Chaira"
aparece adelante. Coincidencia increíble, convocatoria parapsicológica, aparición
como por arte de Huracán. Se sabe que los conjuros existen pero no siempre dan
resultado tan pronto. Al descender del
coche, y tras una atribulada presentación, lo confirmamos: se trataba del puntero
de Huracán que le hizo el primer gol a un equipo de Peñarol campeón del mundo
en 1966, en la primer fecha del Torneo de Copa de 1969 (dicho sea de paso, también
verificamos que el "Chaira" no quiso tirar al arco).
Por aquellos días, en Tacuarembó, Díaz Méndez trabajaba en una venta de leña;
había terminado su carrera futbolística en la selección del departamento y había
sido comisario de la ciudad. Me confesó que lo más grande ocurrido en su vida
había sido participar de aquella epopeya indescriptible de Huracán Buceo.
Parque Central de Montevideo - Campo de Tacuarembó
- 1967 - 1987. La historia mantiene extrañas
fidelidades, prolongaciones, correspondencias con sus hijos queridos. Díaz Méndez
había sido protagonista de una jornada de gloria y había sido elegido para revivirla
veinte años después. Yo, que no paso de un humilde escriba, la registro con tres
décadas de demora, en las cáscaras de los árboles del Buceo y en las frágiles
arenas de su playa. Como el pontón de
recalada que un temporal hizo encallar junto a las rocas, frente al castillo de
Brena, deposito este pequeño testimonio con la esperanza de una creciente salvadora.
Lauro Marauda.
( 1997, inédito). |